Un asesinato misericordioso en Kabul

El restaurant da al bazar del centro de Kabul. Los perros se mueven en manadas desiguales entre los vendedores cuyos puestos se hunden entre la neblina. La policía desinfla las llantas de los vehículos mal estacionados y los autos se hunden en el lodo y los hoyos de una calle en ruinas, mientras el aire jadea y los dueños iracundos gritan obscenidades a la policía. Arriba en el cielo, sobre esta sección dividida de la ciudad, un avión deja un rastro de garigoleos blancos que desaparecen casi igual de rápido.

En el restaurante, el piso irregular está tapizado con mesas de madera con hombres barbados en chales, el aire se siente denso y la habitación parece hincharse y palpitar contra las paredes sucias con el hedor del sudor y los cuerpos sucios y el calor del carbón en llamas. No veo ningún lugar para sentarme. Entonces un hombre me hace señas y me señala un lugar libre junto a él.

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Me lavo las manos en un fregadero junto a la puerta. El agua helada se escurre por el grifo. Hay un cocinero a un lado con la ropa sucia de grasa; detrás de él puedo ver el cadáver de un cordero, su piel acumulada a sus pies, un cuchillo ensangrentado entre el pelo enredado. Corta pedazos de carne y los arroja a un sartén lleno de aceite; después, conforme el pedazo cambia de color, rompe un huevo sobre la carne. La yema se escurre por un lado y baila en el aceite hirviendo, hasta que empieza a flotar blanco y burbujeante. Me sacudo las manos mojadas, y el cocinero me arroja una toalla sucia para secarme. Se la devuelve y me abro paso entre la multitud hasta la mesa donde me espera el hombre que me hizo señas.

Me dice que su nombre es Ghul Rahman. Unos surcos recorren sus ojos y boca. Junto a él hay un hombre demacrado que no me quita la vista de encima, igual que el resto de los hombres sentados en la mesa, toda su atención está enfocada en mí. Por lo general los occidentales no van al centro solos por miedo a ser secuestrados o víctimas de algo más. Cosas como una balacera o una bomba o un policía afgano rebelde que vacía su pistola en el pecho de un contratista occidental. Pero me altera quedarme encerrado en mi cuarto de hotel si no estoy trabajando, hasta que no puedo más con la sensación de que tengo que salir, ir a algún lado. Sin embargo, como un estadunidense en Afganistán, siempre estoy enjaulado sin importar lo que haga. Hay una sensación de “sólo blancos” cuando salgo de mi hotel para ir a otro lugar, por lo general un restaurante, considerado seguro para los occidentales. Los afganos tienen prohibido entrar a estos lugares y hay guardias armados en todas las entradas.

Así que hoy decidí aventurarme yo solo lejos de la protección de mi hotel, los restaurantes y otros refugios seguros. Sin embargo, con tantas miradas sobre mí, me pregunto, cual niño que valientemente se adentra en una habitación oscura sólo para imaginarse sonidos fantasmales, si he cometido un terrible error.

 “Estados Unidos”, le digo. “Periodista. ¿Dónde aprendiste inglés?”

“La universidad. ¿Necesitas un traductor?”

“No. Ya tengo uno”.

Asiente con la cabeza y golpea sus dedos contra las tablas de la mesa. Tiene unas uñas largas y sucias. Su cabello lacio y delgado cuelga sobre sus orejas. Tiene los dientes manchados y la barba gris también; sus hombros huesudos parecen pequeñas piedras bajo su playera.

“¿Hola, cómo le va señor?” grita el hombre sentado junto a Rahman. Antes de que pueda responder algo, agrega: “Gracias, señor”.

Rahman levanta una mano para indicarle que guarde silencio. Un mesero me trae un plato de metal con un huevo y un pedazo de cordero frito. El hombre junto a Rahman me mira con unos ojos cafés y grandes, demasiado grandes para su delgado rostro.

“Necesito un trabajo”, dice Rahman mientras sopea un pedazo de pan en su plato. “Tengo que responder a un hombre por su misericordia. Verás, mi primo en la ciudad de Kabul contrató a un hombre para matar a mi padre. Mi padre le debía dinero a este primo pero se negó a pagar porque dijo que ya le había pagado. Llamó a mi primo un mentiroso. Había resentimiento entre la familia de mi primo y la nuestra. Ellos son pashtún. Nosotros somos tajik. Yo compré una pistola a un amigo. Maté al hombre que mi primo contrató para matar a mi padre por insultarlo”.

Yo asiento con la cabeza y me acomodo en la banca. Cuando empecé a trabajar en Afganistán, no sabía nada sobre sus tribus ni rivalidades. A lo largo de los años, he aprendido que el país es una conglomeración de grupos étnicos que compiten entre sí. Entre estos sobresalen los pashtún, tajikos, uzbekos y hazara. Existe una fuerte enemistad entre los pashtún y tajik. El talibán surgió de una región principalmente pashtún en el sur de Afganistán. Los tajik formaron el grueso de la Alianza del Norte y se opusieron al talibán. Después, el gobierno del talibán se colapsó tras la invasión liderada por Estados Unidos tras los ataques del 11 de septiembre. La Alianza del Norte dominó al nuevo gobierno liderado por Hamid Karzai, un pashtún. Pero muchos pashtún sienten que Karzai sólo sirve como una figura para apaciguar la exigencias internacionales por un gobierno de unidad multiétnica. Por sí solo tenía poco poder. Fueron los tajik quienes gobernaron. En lugar de unirse, la gente se encerró en sus afiliaciones tribales y antagonismo mutuo, y se preparó para el regreso de los viejos conflicto en cuanto las fuerzas militares de occidente salieran del país.

“En Afganistán, si matamos a alguien y la familia de esa persona dice: ‘Les damos misericordia’, entonces no vas a prisión”, dice Rahman. “El padre del hombre al que maté es muy pobre. Es hazara. El talibán mató a muchos hazara. Miles y miles de hazara. Le pregunté a este hombre por qué su hijo mataría para un pashtún. Me dijo que su hijo no tenía trabajo. Este hombre le dijo a la policía que me dejaran ir, pero ahora tengo que responderle. Tengo que pagar por su misericordia”.

“¿Cuánto?”

“No me quiere decir. Dice que él me dirá cuando haya pagado suficiente. Pero verás, no tengo trabajo para pagarle nada. ¿Seguro que no necesitas un traductor?”

“Estoy seguro”.

“¿Sabes de alguien que lo necesite?”

“No”.

Rahman encoje los hombros. Se toca la boca y la barba con los dedos.

“Los norteamericanos saldrán pronto de Afganistán, ¿cierto?”

“2014. La mayoría”.

“Entonces sólo le pagaré un poco cada mes. Pronto ya no importará lo que le deba. Habrá conflicto cuando los estadunidenses se vayan. Él estará de un lado y yo del otro. No esperará que le de dinero cuando nos estemos disparando”.

El cocinero nos lleva una tetera de té a la mesa. Rahman señala mi plato y me dice que coma. La sangre de la carne se mezcla con los huevos. La como con algo de pan. Rahman me observa.

“Hola, ¿cómo está, señor?” vuelve a decir el hombre junto a él.

“Estoy bien”, le digo.

“Gracias, señor”.

“Esas son las únicas palabras que conoce en inglés”, dice Rahman. “Hola, cómo está y gracias, señor. No quiere aprender más porque odia a Estados Unidos”.

“¿Por qué?”

“Los norteamericanos no son afganos. No pertenecen aquí. ¿Estás solo?”

“No”, miento. “Mi chofer me espera afuera”.

Una música hindú distorsionada se escucha desde una radio que el cocinero encendió. Arroja más carne a la sartén y se escucha una explosión, seguida de una nube de humo gris que invade la cocina y no puede ver más que la silueta del cocinero y el movimiento de sus brazos mientras arroja más carne.

“Hola, ¿cómo está, señor?”

“Silencio”, le dice Rahman al hombre. Me sirve más té.

“Hace 15 días vi al hombre que mi primo contrató para matar a mi padre. Estaba en un jardín en Farza, en las afueras de Kabul. Yo llevaba un arma, estaba caminando por la calle, le disparé y lo maté. Un amigo me ofreció dos, tres pistolas para matarlo, pero sólo necesitaba una”.

Me termino mi té y le hago señas de rechazo al cocinero cuando me ofrece más pan. Dejo que Rahman tome mi plato y se coma los restos.

“Hola, ¿cómo está, señor?” dice el hombre una vez más. Le hace una seña a Rahman y se ríe como una especie de patiño desquiciado que está esperando el momento para algo. Me pongo de pie.

“¿Seguro que tu chofer está allá afuera?” pregunta Rahman.

“Sí”.

Señalo un auto con un hombre recargado sobre el cofre.

“Ese”, le digo.

“Déjame acompañarte”.

“Estoy bien, gracias”.

Rahman mira la mesa. El hombre a su lado me arroja una mirada larga y desprovista de toda compasión, pero no dice nada. Me preparo para partir. Rahman me toma de la mano.

“Estaré en Kabul viendo a mi primo”, me dice. “Es mi enemigo. Si necesitas un traductor, sabes dónde encontrarme”.

Lee el artículo de J. Malcolm Garcia sobre el Centro Ortopédico de la Cruz Roja Internacional en Kabul en nuestro Número de la Desesperanza.

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