UN PASEO ENTRE LA MOTA

No todos los días se puede caminar en un sembradío de mota de siete hectáreas, ver cómo lo incendian y hornearse bien duro mientras platicas con altos mandos militares.

Era agosto de 2007, en el país apenas comenzaba la llamada guerra contra el narcotráfico del gobierno actual. Yo era reportero de notas policiacas de un periódico en Hermosillo, Sonora, y fui invitado a acompañar a la milicia a la destrucción de un plantío de mariguana.

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Salimos del cuartel de la IV Zona Militar en Hermosillo como a las seis de la mañana, en la caja del camión, junto con unos 30 soldados, viajábamos un fotógrafo, un camarógrafo, otro reportero y el que escribe esto. Fueron más de cuatro horas de traslado rumbo a los límites entre Sonora y Chihuahua, en la mera sierra.

Una media hora después de pasar Yécora, un pequeño poblado sonorense, salimos de la carretera y viajamos otra media hora en un camino de terracería lleno de zanjas, imposible de cruzar para un carro pequeño. Nos detuvimos donde acaba la brecha y caminamos durante casi una hora entre los cerros.

La tropa se mete una chinga y nunca se queja. La mayoría de los soldados era de estados del sur de México, Michoacán, Guerrero y Oaxaca, a quienes la pobreza enlistó en el Ejército.

Estábamos en la sierra, en Chihuahua, tras pasar un arroyito, subimos un cerro y llegamos al paraíso del mariguano: siete hectáreas sembradas con mota, a la que le faltaba poco menos de un mes para ser cosechada y probablemente exportada a Estados Unidos.

Las plantas estaban perfectamente alineadas y no se podía ver dónde terminaba lo bonito, el plantío seguía tras dar vuelta en un cerro. Contaba con un sistema de riego natural, proporcionado por un arroyo de agua deliciosamente dulce.

En cuanto llegamos, la tropa recibió la orden de arrancar, amontonar y destruir. Sólo se necesitaba darle un pequeño jaloncito a cada planta para sacarla de la tierra que la nutría.

El General me dijo que el plantío fue descubierto por soldados que realizan inspecciones a pie por la Sierra Madre Occidental. No hubo detenidos, cuando los cuidadores se percataron de la presencia de la autoridad, escaparon dejando un campamento hecho con troncos y en el que, por la cantidad de latas que dejaron, se alimentaban con puras sardinas.

Los militares hicieron un montón de mota del tamaño de un carro, le pusieron algunos troncos y ¡boom! le prendieron fuego.

El humo alcanzó kilómetros. Minutos después, yo estaba tan choro como si me hubiera fumado dos marros bien forjados consecutivamente y sin haber desayunado.

Es una buena experiencia estar bien horneado mientras platicas con altos mandos del Ejército sobre la destrucción de drogas.

Los soldados seguían arrancando la yerba (les llevó tres días acabar con el plantío) y los más bribones se ponían a sacar plantas justo donde el viento llevaba la cantidad más densa de humo.

El Sol amenazaba con ocultarse entre los cerros y el General decidió que era momento de que la prensa se fuera, “no vaya a ser que vengan ahorita a tirarnos balazos”.

Di una última caminata entre las plantas y corté algunas hojas para llevar de recuerdo. Pregunté a un soldado de la tropa si había algún pedo y me respondió: “Nosotros combatimos la producción y el traslado, no el consumo”, mientras guardaba algunas hojas en su cartera.

Era momento de irnos y no encontrábamos al camarógrafo, que trabajaba para una filial de Televisa en Sonora, un bato bien portado que probablemente jamás había probado una droga en su vida. Lo hallé en la falda de un cerro, estaba bien clavado grabando unas flores.

Para el regreso, habían encontrado algunos caminos en los que entraron unos pick ups, en cuyas cajas salimos a baja velocidad, atravesando zanjas. Fue hasta ese momento, que sentí un poco de temor. Viajar entre los cerros llenos de árboles sabiendo que algunos narcos no están contentos, sí marca.

texto e imágenes por OSWALDO OLIVAS

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