Voy a tirarme a la piscina. Hoy os hablaré de la sensación que me invadió justo después de ver Moonrise Kingdom de Wes Anderson. Ya sé que esta película se estrenó hace tiempo pero eso no me quita el derecho a poder opinar sobre ella, ¿verdad? No dudéis en rajar sobre todo esto que expondré en las divertidas cajitas de comentarios que hay debajo del artículo.
(Haced click para ver el vídeo en Youtube)
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Empezaré con una opinión personal: el mundo adulto es algo profundamente triste. Las estructuras de poder que generamos nos precipitan hacia el más caliente de los siete infiernos. Creo firmemente que Moonrise Kingdom nos habla de esto, del horror y la tristeza adulta en contraposición a la pureza y a la libertad infantil.
Dicho esto, creo que toda la tesis de la película está concentrada en los títulos de crédito. Supongo que vuestras mentes prodigiosas recordarán perfectamente el inicio de esta película, aún así, ya que disponemos de cierta tecnología digital a nuestro alcance que nos ayuda en nuestro día a día, si hacéis click en la imagen de arriba podréis ver un vídeo con los títulos de crédito introductorios de Moonrise Kingdom por si no los teníais del todo claros.
En esta escena los elementos visuales y sonoros danzan al unísono, complementándose perfectamente.
En los títulos de crédito las imágenes nos muestran cómo se organiza una sociedad familiar particular dentro de su entorno (casa), como si de una colmena se tratara. Esta sociedad tiene cuatro elementos: Suzy (la hija mayor pre-adolescente), los tres hermanos pequeños, el padre y la madre. Con la puesta en escena observamos que todos estos elementos actúan de forma separada, cada uno según sus intereses y sin interactuar con los demás, ocupando espacios (físicos y mentales) totalmente distintos. No existe una comunicación fluida ni sana. Los niños juegan, los padres se ignoran entre ellos (él lee el periódico y ella se arregla las uñas en otra habitación) y la hermana mayor solamente piensa en marcharse de ese núcleo familiar, un mundo severo, lleno de normas y con unas estructuras de poder potentes. De hecho la puesta en escena juega a favor de esta retícula familiar, descomponiendo el espacio común en bloques y presentando a la familia de forma casi científica, como si fueran animales en un terrario. Los movimientos de cámara trazados a partir de líneas rectas (ya sean verticales u horizontales) destacan la severidad, serenidad y seriedad de este núcleo familiar (de hecho más adelante veremos que los padres se comunican con los hijos a través de un altavoz, dando órdenes).
A Suzy lo único que le interesa es algo que se encuentra fuera de ese desestructurada sociedad. Ella está más fuera que dentro, es por eso que los elementos con los que interactúa son escapistas, como libros (fantasía, anhelo de huir), prismáticos (para acercar el mundo exterior), maletas (fuga) o una carta (comunicación con lo que hay afuera). A ella siempre se la muestra la última, después de haber pasado por sus hermanos y por las distintas estancias que ocupan (por separado) sus padres. Ella representa esta huida de un sistema establecido caduco que ya no funciona, que se ha ahogado en su propia burocrática ética.
Por otro lado, el audio nos presenta una estructura similar. Escuchamos una pieza de una orquesta y un narrador nos enseña por separado todos los elementos que la componen. Discrimina cada timbre que aparece en la orquestación. Nos describe los instrumentos de viento, los de cuerdas, las percusiones, etc… Wes Anderson separa los elementos sonoros de la misma forma que separa los personajes de Moonrise Kingdom. Los desgrana para denotar esta ruptura en una organización social pero también para destacar la figura del individuo dentro de una comunidad, denotando que no todos los miembros de ésta son iguales ni que comparten las mismas ideas. Este choque es el que hace que Suzy no se sienta identificada con su entorno y necesite marcharse.
Al final de esta introducción, todos los elementos sonoros se vuelven a unir para reconstruir la canción y en ese justo momento Suzy lanza una mirada a cámara. De algún modo nos propone a los espectadores que nosotros somos parte de este discurso, nos enlaza con sus problemas, nos convertimos nosotros en los observados, dejamos de ser simples voyeurs de la película para convertirnos en víctimas. Esa sociedad representada es, al fin y al cabo, nuestra sociedad.
Moonrise Kingdom propone la dualidad entre una sociedad ordenada, repleta de normas y reglas y la inocencia, la libertad e irracionalidad de la infancia. Las sociedades de poder representadas por la familia, los scouts (una organización repleta de normas y control), la policía o los servicios sociales son unas estructuras caducas, hipócritas y podridas, casi inhumanas. De hecho estas estructuras adultas están representadas en la película de forma completamente ridícula y disfuncional y son absolutamente inútiles: los padres están al borde de la separación, los scouts pierden a uno de sus miembros y la policía no sabe afrontar esta situación. Las estructuras adultas se corrompen por sus propias reglas y obligaciones, funcionan como los elementos separados de una orquestra que no logra, ni de lejos, sus objetivos (Suzy y su amante se escapan dos veces). Es fuera de estas estructuras donde encontramos la verdad: cuando los chavales del campamento Ivanhoe actúan bajo las normas de Edward Norton éstos actúan de forma malvada y mezquina pero cuando se juntan por separado, fuera de toda estructura adulta, se revelan puros y soñadores, ayudando a los protagonistas a culminar su pasión.
Los créditos de Moonrise Kingdom son un ejemplo perfecto de compenetración entre lo visual y lo sonoro y, aún más importante, entre la forma y el contenido. En este caso creo que defienden perfectamente la idea de que cuando el individuo queda liberado de estas colmenas sociales es cuando se le puede considerar libre y, por lo tanto, feliz. Esto podría parecer una especie de alegato a favor del liberalismo económico y en contra del intervencionismo de estado, pero en fin, supongo que Wes sabe lo que se hace.
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