Sí, soy modelo


Modelo: Channing Andreya
Foto de Alain Levitt

 

En el tercer día de la Semana de la Moda, el parque de Bryant Square se había transformado, como siempre, en una ciudad de carpas blancas hinchadas como velas. Guardias de seguridad con tablillas portapapeles y fotógrafos cámara en mano hacían patrulla en sus escalones de granito. La carpa principal, en la parte superior de la escalinata, estaba cubierta con una tela con estampación de doncellas vistiendo togas.

Abajo, a la altura del primer escalón, Brianne Murphy y Channing Andreya, vestidas con sendos ponchos de color rosa, suaves boinas grises y unos guantes de punto que les llevaban hasta el codo, tiritaban de frío. “Parecemos Oompa-Loompas de color ciruela”, dijo Channing. “Desechos de la moda”.

Las dos mujeres estaban repartiendo ejemplares del periódico gratuito Metro, una edición especial para la Semana de la Moda envuelta en una funda rosa promocionando la nueva línea de bolsas de deporte de LeSportsac. “¿Metro, moda?”, anunciaban las mujeres. “¿Metro, moda?”

“Me estoy congelando”, dijo Brianne. “No me siento ni el culo, si te interesa saberlo”. Brianne tenía unos labios rosados con los que solía hacer pucheros; su pelo rubio no dejaba de escaparse por debajo de su boina. Se mantenía muy al tanto, infructuosamente, de los peces gordos de la industria que podrián hacerla avanzar en su carrera. “Debería estar ahí dentro, desfilando”, me había dicho un par de días antes, “pero esto es lo que una tiene que hacer si quiere meterse en este mundo”.

En un momento de tranquilidad, Channing y Brianne se pusieron a charlar acerca de algunos de los curiosos trabajos que habían hecho en su carrera como modelos. “Una página web de L’Oréal, un catálogo de disfraces de Halloween y un anuncio de una clínica dental”, dijo Brianne. “Y también una página web de pelucas”.

“¡Yo también trabajé para una web de pelucas!”, respondió Channing. “Cuántos pelucones rojos maravillosos”.

La Semana de la Moda es, por supuesto, temporada alta de modelos. Los rostros populares aparecen en los medios de comunicación, y algunas nuevas modelos consiguen darse a conocer. También son días de intensa actividad en el submundo de las modelos que luchan por salir del anonimato; chicas guapas, pero desconocidas, que pasan el mes de febrero acumulando facturas telefónicas en los baratos hoteles del Midtown en que se alojan, sonriendo a las cámaras Polaroid de los directores de cásting mientras sostenien hojitas de papel con sus nombres garabateados, y sonriendo forzadamente a los visitantes de las casetas de las ferias comerciales que se celebran en el Javits Center. No sólo son modelos las chicas que hacen pases de alta costura: las modelos de nivel medio son como los aditivos alimentarios artificiales, suelen pasan desapercibidas pero descubres que están por todas partes una vez empiezas a fijarte. La chica sonriente que aparece en esa foto borrosa del envoltorio de los calcetines que acabas de comprar, es modelo. También la mujer que habla con tono jovial del mercado potencial de un refresco de naranja en el vídeo que se exhibe en una reunión de posibles inversores. Y las conejitas de labios rosa y pelo esponjoso que obsequian a los visitantes con chupitos de Bacardi. Todas ellas son modelos, y esta es su historia.

La mayoría de las carreras de modelo, exitosas o no, empiezan con una serie de pruebas que se conocen como “TFP”, el acrónimo en el que más esperanzas se depositan, también el más triste de todo este ámbito. Significa “Time for Print”, tiempo a cambio de fotos. En las sesiones de TFP, a las modelos se les paga con copias de sus fotografías, que pueden incluir en sus álbumes. También la exposición se considera una forma de remuneración: la posibilidad de que alguien con poder se fije en ellas cuando las fotos se usen, si es que lo hacen.

En las páginas web que frecuentan las modelos, páginas como Model Mayhem y One Model Place, los fotógrafos ponen cada día docenas de anuncios buscando chicas para este tipo de sesiones. El 26 de febrero, una agencia de rescate de animales de Kansas City anunció un cásting “con el estilo y el glamour de Maxim” para un calendario en el que las modelos posarían con pitbulls. Una fotógrafa de Los Angeles solicitaba diez chicas para hacer unas fotos que poder mostrar a sus clientes potenciales. “Entre toma y toma”, escribió la fotógrafa, “las modelos tendrán a su disposición una mesa de billar y un futbolín. Habrá comida y bebida para todas”. Y alguien, en la web Craiglist, anunció estar buscando mujeres que quisieran posar desnudas, añadiendo con tono algo desdeñoso que la sesión se haría “por amor al arte, no para sacar un beneficio”.

Trabajar gratis, o prácticamente gratis, no lo hacen sólo las chicas jóvenes muy desesperadas. Una vez me pasé cerca de una hora en el estudio de un fotógrafo en Chinatown entrevistando a todas las personas que se dejaron caer en busca de una oportunidad de salir en el folleto publicitario de una organización sin ánimo de lucro de Brooklyn apenas conocida. El trabajo ocuparía la mitad de un día, y la remuneración sería de 200 dólares. Lo que yo suponía que me iba a encontrar era una procesión de indigentes, descarriados y pelagatos; sin embargo, se congregaron allí un profesor de la Universidad de Columbia que había aparecido en campañas de MasterCard y Carnival Cruise Lines, y un brasileño de 25 años con aspecto de ir un poco pasado que había trabajado como modelo en Milán, Tailandia, Hong Kong y Grecia. Había también un hombre de 33 años, ex modelo de pasarela; otro veterano de Milán, que me explicó que tiempo atrás había percibido 1200 dólares por aparecer en un anuncio televisivo de Absolut. Cuando le pregunté si valían su tiempo los 200 que pagaban por este bolo, el hombre dejó escapar una carcajada, permitiéndome ver una dentadura blanca perfecta. “¿Quieres saber la verdad?”, respondió. “Sí y no. Los días de supermodelo bien pagado y de posar como único trabajo ya se terminaron para mí”.

Las modelos se encuentran en estado de ansiedad en los tiempos que corren. “Perfectamente podrían haber otras diez chicas con mis medidas y un aspecto similar al mío”, me contó una modelo de cabello rubio y cierta experiencia tras un fin de semana arrastrándonos de cásting en cásting. “¿Con quién se quedarán? Hay tantas modelos ahora que los clientes se pueden permitir ser selectivos. Pueden decir, ‘No nos gusta el color de sus ojos’ o ‘Tiene un tatuaje, vamos a coger a otra’”.

Las sesiones TFP a veces atraen personas que apenas se ajustan a la más libérrima, abierta definición de “modelo”, gente que representa un papel o tan sólo busca distracción. Un sábado, en Bed-Stuy, me encontré con una chica rusa-ucraniana de 26 años, de grandes ojos y mejillas sonrosadas, llamada Zhanna, a quien había conocido a través de un anuncio en Craiglist en el que se describía como “modelo profesional procedente de Rusia”. Al igual que lo de su país de origen, lo de “profesional” era una verdad a medias: la experiencia profesional de Zhanna consistía en haber repartido chupitos de licor en Brighton Beach. “Acabé bebiéndome todo el licor de muestra que había”, me contó. “Me puse a pensar, ‘Se nota que esta gente no es de Rusia, ¡no bebe nadie!” Por otra parte, Zhanna ha hecho por lo menos 30 sesiones TFP, y para la de hoy ha adoptar un look gótico. “El vampiro es mi monstruo favorito”, dice.

Seguí a Zhanna hasta el edificio de seis plantas en el que se iba a encontrar con el fotógrafo que contactó con ella tras leer su anuncio en Craiglist. Resultó ser un sueco alto, con cola de caballo, al que llamaré Lars. Un hombre tan educado que el único signo de disgusto por mi presencia allí que pude apreciar fue una furtiva mirada de reproche.

Cuando llegamos, Zhanna hizo, con toda consciencia, una pirueta: “He ganado un poco de peso desde que te envié las fotos”, dijo, “espero que aun así todo vaya bien”. Ella no había traido ropa gótica, pues esperaba que Lars tuviera algo a mano, así que entró en el cuarto de baño para ponerse un pequeño vestido de pana que llevaba consigo. Apareció al cabo de un minuto y dijo, “Se me ha olvidado mi lápiz de ojos”. Un poco más tarde anunció: “No tengo sombra de ojos negra, tendrá que ser marrón”. También había traido la barra de labios que no era. “Pero tengo algo plateado”, dijo. “Ah”, contestó Lars inexpresivamente, “plateado”. La mirada de disgusto asomó de nuevo, por tercera o cuarta vez.

Zhanna tuvo entonces un golpe de inspiración.

“¿Tienes ketchup?”, preguntó.

“¿Cómo? ¿Ketchup?”, respondió Lars. “¿Para qué”?

“Para los labios. Es del mismo color. Me pondré ketchup. En serio”.

Lars no tenía ketchup. Una vez Zhanna volvió a meterse dentro del cuarto de baño, Lars frunció los labios y se acercó a mí. “No es exactamente lo que estaba esperando”, refunfuñó.


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Brianne Murphy y Channing promocionando la nueva línea de bolsas LeSportsac’s fuera del recinto de la Fashion Week. Foto del autor.

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